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signo básico de vida es la
respiración, pero a nuestro planeta le vamos quitando esta respiración a diario. Seguimos con la mentira de que lo queremos, de que pronto cambiaremos, de que el problema no es grave, de que todo va a pasar, de que nos preocupa lo que sucede pero ahora no tenemos tiempo. En fin, y el mal se agrava minuto a minuto. El dueño de una mecánica acaba de arrojar a la calle todo la basura tóxica que le molestaba en sus talleres. Y ahora, los niños juegan con esa basura, sin darse cuenta de que es lamentable para su bienestar.
Según la pésima educación que nos dieron, el agua, concretamente, era considerado un recurso inagotable, porque además nos decían que la mayor parte del planeta estaba cubierto de agua. Solo que no nos aclararon o no sabían que el agua de los mares no era apto para la alimentación.
Hace algunos años, parecía leyenda el que nos vendieran agua. Algunos pequeños lugares todavía disfrutan del agua pura de los manantiales, gratis, diariamente. No gastan un centavo para calmar la sed.
En las ciudades, el agua provoca dramas continuos. Y ahora, el agua natural no se puede consumir directamente porque está contaminada, es peligrosa para nuestra salud. Y la industria del agua es entonces floreciente. Nos hemos acostumbrado a comprar el agua en botellitas. Millones de seres humanos consumen ahora el agua industrializada para evitar enfermedades; aun así los enfermos del estómago crecen constantemente en el porcentaje general.
A propósito de cómo vamos liquidando las reservas de agua en el mundo, queremos reproducir una crónica escrita por Edgardo Rivera Martínez, un escritor jaujino (Perú) sobre la agonía de la laguna de Paca, gracias al interés de Martha Meier, que tiene la autoría de la entrada al texto de Rivera.
PACA: ELEGÍA DE UNA LAGUNA
Los totorales se mecen al viento, alargan su talle humedecido hacia el cielo como verdaderas espadas batiéndose a duelo con las nubes. Un ave alza vuelo y su silueta se refleja en el agua de Paca que cambia sus colores junto a los del día. Quieta, escondida, solitaria. Así se extiende ella, rodeada de pequeños cerros sobre las alturas andinas. Apenas seis kilómetros la separan de la celebérrima y colonial ciudad de Jauja. Tan hermosa laguna del departamento de Junín está ubicada a 3,390 metros sobre el nivel del mar. Paraje de irrepetible belleza, con un gran potencial para el desarrollo de proyectos ecoturísticos y programas de conservación de aves acuáticas y flora nativa y medicinal de esta parte del Perú. Como tantos otros rincones de nuestro país, lamentablemente, sufre creciente degradación. ¿Los culpables? La historia de siempre…nosotros mismos. Antaño remanso de paz, hogaño sucesión de establecimientos de recreo que vierten sus desagües en el vientre de la otrora límpida Paca. Cientos de hombres, mujeres y niños disfrutan de paseos a este lugar, cercano a la ciudad de Huancayo, sin saber que por ellos el paraíso ha empezado a desaparecer, agobiado por las basuras. A continuación una sentida nota del renombrado escritor Edgardo Rivera Martínez, quien con su fina prosa nos devuelve un mundo a punto de desaparecer (MMMQ)
Mi familia tenía, en la época de mi infancia, una parcela en la ribera oriental de la laguna de Paca, al pie de unos cerros bajos y rocosos, y en la cual se daban los choclos más dulces de que yo tenga memoria. Una parcela pequeña pero que por su producción era para nosotros inapreciable, y que cultivábamos en pacífica o igualitaria sociedad con un campesino de Chunán, del otro lado de las colinas. Allá íbamos en octubre o noviembre para la siembra, y en marzo o abril para los trabajos de la cosecha. Aquel sitio se hallaba en una parte dee la ribera que se llama Ninacanya, esto es “cerco de fuego”, y en verdad habían en lo yermo de esas faldas, y en lo austero del paraje, algo que evocaba la sequedad de tierras heridas por el rayo y marcadas así por un fuego oculto y primordial.
ENTRE COLINAS
Nunca supe los nombres de las colinas onduladas que se encontraban tras de nosotros. Su aridez no invitaba a subir por ellas, pero a veces yo lo hacía, hasta media altura, para contemplar el panorama. Desde nuestra era no se podían ver las cumbres del macizo del norte, cuyo nombre quechua es Pusaj huaja, es decir “ocho cumbres”, a cuyos pies se encuentra el pueblo de Paca y a las que de algún modo se acoge, a pesar de la distancia, mi ciudad natal. Esas crestas azules, tutelares, desde donde descendían cursos de agua límpida. Veíamos, sí, allá al frente, un cerro con ruinas de colcas, llamado por eso “Pueblo Viejo”. Y hacia el sur, lejos, la severa cima del Jiulahuila. Elevaciones que componían todas, con el lago en primer plano, un sobrio y hermoso paisaje.
EL PAÍS DEL SILENCIO
En ese tiempo los totorales ocupaban, salvo al lado sur, sólo una franja delgada y variable a lo largo de las orillas. En un punto, sin embargo, muy cerca de nuestra propiedad el agua llegaba al borde mismo de una estribación rocosa, por donde pasaba un sendero. Y allí, me acuerdo muy bien, el agua era de una metálica transparencia. Y por eso, y por lo retirado del lugar, me gustaba sentarme en esa orilla, en los momentos lib res, y pensar, soñar, mientras la mañana transcurría despaciosa. En ese punto desde el cual se apreciaba, mejor que en ningún otro, la pureza del aire, el cielo de un azul profundo , las nubes refulgentes. Y el silencio.
Sí, un silencio como no lhe vuelto a sentir en ninguna otra parte. Semejante, sin duda, al que reina en las lagunas de la cordillera, pero detenido, casi irreal, en ese punto de Ninacanya. Y es que a esas horas de la mañana, en los días del invierno serrano, no corría la brisa, y las aves atendían en paz y tranquilidad a sus quehaceres. A veces parecía, incluso, que era inminente una aparición sobrenatural. Un amaru, quizás, de nuestras leyendas. Esas sierpes aladas que, según algunos relatos, subían a la puna en pos de la misteriosa flor de la sullawayta. A lo mejor, pues, con un poco de suerte y de paciencia, podría yo ver surgir del agua, por lunos instantes, ese levistán andino. ¿No se decía en el mundo helénico, como supe más tarde, que la mejor hora para que los dioses se mostrasen a los hombres era la del mediodía?
RECUERDO DE AVES
Aún poblaban las márgenes gaviotas, parihuanas y huachhuas, patos y paujiles. Y si bien se precavían del hombre, porque en ocasiones merodeaba por allí algún cazador solitario, aún era posible verlas casi a tiro de piedra, picoteando la vegetación, alisando sus plumas y dejándose mecer por las ondas. Aún se escucha ban, ya por la tarde, sus reclamos, y cómo de pronto alzaban vuelo y se perdían en la distancia.
Yo no pensaba en retiros, desde luego, cuando se trataba de ayudar en los trabajos de la era, en las cuales tomaban parte las hijas y nietas de nuestro aparcero. Entre ellas se hallaba Julia, espigada adolescente de quien andaba, y no de modo muy platónico, algo enamorado, aunque ella no llegó a saberlo nunca. De ojos levemente rasgados y de un andar de cierva.
Nos sentábamos, pues, en torno a la parva, y acometíamos con entusiasmo la tarea que se nos encomendaba, que consistía en arrancar las mazorcas de las cañas cortadas ya y amontonadas por el padre y el hermano de la bella. Y mientras cumplíamos se charlaba, se bromeaba, se reía. También se cantaba, en especial ese huayno antiguo cuya letra decía: “Reloj de campana,/cadenita de oro,/cuéntame las horas/para retirarme”. Mas lo menos que yo deseaba, por cierto, era dejar esa gratísima compañía. Sentado allí, mientras la mañana avanzaba, en esa felicidad que parecía sin término…
P.S.
¿Qué queda hoy de ese paisaje? Están allí, por cierto, la laguna y las montañas, y los cielos de nubes radiantes, y las riberas donde pacen los toros y tienden, aquí y allá, sus prendas recién lavadas las muchachas. Pero la totora se ha extendido, en ciertos puntos, de modo desmesurado, y en otros casi ha desparecido. Y han proliferado, indetenibles, las algas, por efecto del uso indiscriminado de abonos en los márgenes, y por las aguas contaminadas que se vierten. No más, por el oeste, las riberas bucólicas, sino unos restaurantes edificados sin concierto, a los que llaman recreos, de chillones colores. No el silencio de otrora, sino la bulla de altavoces y bocinas. Y surcan las aguas botes a motor, que derraman aceites y combustible. Y la laguna se encamina así, poco a poco, por irresponsabilidad e ignorancia, a su extinción. Y por ello, aunque no lo quisiéramos, esta nota tiene el carácter de una elegía…
– Edgardo Rivera Martínez.
Muchas gracias, Gladis, porque compartes una preocupación vital frente a la cual quienes tienen una incomprensible fiebre de suicidio a mediano plazo no nos entienden.